¿Cómo se forma una respuesta emocional?

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Persona que acaba de recibir un mensaje breve y ambiguo y comienza a reaccionar antes de conocer su significado
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Recibes un mensaje: «Luego hablamos». Nada más.

No sabes cuándo. No sabes para qué. Y, desde luego, la persona que lo ha escrito no ha tenido el detalle de añadir: «Tranquilo, no pasa nada».

Así que miras el mensaje otra vez.

¿Habrá ocurrido algo? ¿Estará molesto? ¿Será simplemente que ahora no puede hablar?

Todavía no ha pasado nada más y, sin embargo, puede que tú ya notes que algo ha empezado a cambiar.

Ahora imagina que el mismo mensaje te lo manda alguien que siempre escribe así. Lo lees, dejas el teléfono y sigues con lo tuyo.

Las palabras son exactamente las mismas. La respuesta no. ¿Por qué?

Porque una emoción no depende solamente de lo que ocurre. También importa qué puede significar eso para nosotros en ese momento.

Y ahí empiezan a entrar algunas cosas más.

No todo lo que ocurre nos afecta de la misma manera

Durante el día pasan continuamente cosas a nuestro alrededor. Algunas apenas nos interesan. Otras consiguen nuestra atención en un segundo.

Si estás esperando una respuesta importante, escuchar el sonido del teléfono tiene un significado distinto que cualquier otro día. Si acabas de discutir con alguien, un «Luego hablamos» puede pesar bastante más. Y si no hay nada pendiente entre vosotros, quizá ni te detengas a pensarlo.

No necesitamos decidir conscientemente: «Esto es importante para mí y, por tanto, voy a reaccionar».

Muchas veces esa importancia aparece antes de que sepamos explicarla. Tiene relación con lo que queremos, con lo que tememos perder o con algo que en ese momento nos preocupa. Por eso una misma frase puede dejarnos completamente tranquilos un día y ponernos en alerta otro.

La frase importa. Pero el momento en que llega también.

Podemos empezar a reaccionar antes de saber qué pensamos

A veces contamos nuestras emociones como si siguieran un orden bastante limpio:

  • ocurre algo;
  • lo pensamos;
  • sentimos una emoción;
  • y después reaccionamos.

Queda muy ordenado cuando lo explicamos así. El problema es que no siempre funciona de esa manera.

Escuchas un golpe fuerte detrás de ti y te giras antes de saber qué ha pasado. Ves una expresión extraña en alguien y notas cierta tensión antes de decidir si realmente ocurre algo.

O recibes aquel «Luego hablamos» y algo se pone en marcha mientras todavía intentas averiguar qué significa.

Después sí podemos pensar, recordar lo ocurrido anteriormente o buscar explicaciones. Incluso podemos cambiar de opinión.

La respuesta puede empezar deprisa y seguir formándose mientras vamos entendiendo mejor la situación. Por eso no siempre podemos señalar un pensamiento concreto y decir: «Aquí empezó todo». A veces, cuando conseguimos ponerlo en palabras, el proceso ya había comenzado.

El cuerpo también llega a la situación

Imagina que recibes aquel mensaje después de dormir bien, en un día tranquilo.

Ahora imagina el mismo mensaje después de una noche horrible, con hambre y tras una mañana complicada.

No hace falta conocer mucha psicología para sospechar que quizá no lo vivas exactamente igual. No llegamos a las situaciones desde cero. Podemos estar descansados o agotados, tener dolor o llevar varias horas acumulando tensión.

Eso no decide qué emoción vamos a sentir. Tener hambre no convierte automáticamente a nadie en una persona enfadada, igual que dormir mal no explica por sí solo cualquier reacción. Pero nuestro estado puede hacer que algunas situaciones nos cuesten más o que respondamos con mayor intensidad.

A veces buscamos una explicación muy sofisticada a lo que nos ocurre y olvidamos comprobar algo bastante más básico:

¿Cómo llegábamos nosotros a esa situación?

El cuerpo participa. No lo explica todo.

Persona durante una reunión en la que escucha una crítica de alguien con mayor autoridad y valora cómo responder.

Lo que podemos hacer y las consecuencias de hacerlo también forman parte de la situación.

También importa quién tenemos delante

Cambiemos de escena.

Estás en una reunión y alguien cuestiona una decisión que has tomado.

Puedes pensar: «Pues le explico por qué lo hice».

Pero no es lo mismo que te lo diga un compañero con el que puedes discutir abiertamente que alguien que decide si sigues trabajando allí.

Quizá la crítica sea casi idéntica. Tu situación, no.

En un caso puedes responder, discrepar o preguntar sin demasiadas consecuencias. En el otro quizá tengas que medir bastante más lo que haces. Y eso también forma parte de la respuesta emocional.

A veces hablamos de las emociones como si todo dependiera de cómo interpretamos las cosas. Pero el contexto existe. Las relaciones y las consecuencias también importan.

No siempre basta con decirle a alguien: «No te lo tomes así».

Puede que lo esté interpretando mal. Pero también puede que tenga buenas razones para estar preocupado por lo que ocurra después.

Comprender cómo se forma una respuesta exige mirar las dos cosas: lo que pensamos de la situación y la situación que realmente tenemos delante.

Lo que hemos vivido también participa

Hay personas cuyo «Tenemos que hablar» no anuncia absolutamente nada.

Y hay otras con las que esa frase te hace revisar mentalmente las últimas cuarenta y ocho horas.

Eso también se aprende.

Vamos acumulando experiencias. Aprendemos cómo suele comportarse alguien, qué ocurrió otras veces y qué señales terminaron teniendo importancia.

Gracias a eso no necesitamos empezar desde cero cada mañana.

Pero lo aprendido tampoco es una sentencia.

Que algo terminara mal tres veces no significa que vaya a terminar mal la cuarta. Y una reacción que tuvo sentido hace años puede dejar de tenerlo cuando cambia la situación.

Por eso explicar cada reacción actual buscando necesariamente una causa remota puede llevarnos demasiado lejos.

A veces hay experiencias importantes detrás. Otras veces simplemente hemos aprendido algo mediante situaciones normales y repetidas.

El pasado influye. No tiene por qué decidir lo que ocurre ahora.

No tenemos un cerebro racional peleándose con otro emocional

Aquí aparece una explicación que seguramente habrás escuchado alguna vez.

La parte emocional del cerebro toma el control y la parte racional llega después intentando arreglar el desastre.

Es fácil de imaginar. Casi podemos ver a una parte del cerebro quitándole el volante a la otra.

Pero nuestro cerebro no funciona así. No tenemos un cerebro racional por un lado y otro emocional esperando su turno para tomar el mando.

En una respuesta participan procesos relacionados: percibimos lo que ocurre, utilizamos experiencias anteriores y nuestro cuerpo se prepara para responder.

Algunas de esas cosas pueden empezar muy rápido.

Eso no las convierte automáticamente en irracionales ni hace inevitable lo que hagamos después.

Podemos reaccionar deprisa y acertar. También podemos pensarlo durante mucho rato y equivocarnos.

Ser consciente de algo no garantiza que tengamos razón. Y responder rápido no demuestra que hayamos perdido el control.

Lo que hacemos también cambia lo que está ocurriendo

Hasta ahora hemos hablado como si la situación provocara una respuesta y ahí terminara todo.

Pero nosotros también entramos en la escena.

Imagina que recibes una respuesta muy corta a un mensaje.

Piensas: «Está molesto conmigo».

Te pones a la defensiva y respondes con cierta frialdad. La otra persona nota tu tono y hace exactamente lo mismo.

Ahora tienes una nueva respuesta delante. Más seca todavía.

Y puedes pensar: «Lo sabía».

Tal vez acertaste desde el principio.

Pero también puede haber ocurrido otra cosa: tu primera interpretación cambió tu manera de responder y eso modificó lo que hizo la otra persona.

La situación ya no es la misma que al comienzo.

También podrías haber preguntado:

«Oye, te noto raro. ¿Pasa algo?».

Y quizá entonces aparezca una explicación que cambie todo lo anterior.

Dos personas conversan y la actitud de una modifica la respuesta de la otra mientras la interacción continúa.

Lo que hacemos entra de nuevo en la situación y puede cambiar lo que ocurre después.

Respondemos a lo que creemos que está pasando y nuestra respuesta genera información nueva.

A veces confirma lo que pensábamos. Otras veces lo corrige.

Una emoción no tiene por qué quedar fijada en el momento en que aparece. Puede seguir cambiando mientras cambia la situación.

Comprender por qué reaccionamos no significa justificarlo todo

Imagina que alguien llega agotado, interpreta una frase como un ataque y contesta de una manera bastante desagradable.

Podemos comprender mejor cómo llegó hasta ahí. Quizá estaba muy tenso, esperaba un conflicto o la relación con la otra persona ya venía mal.

Todo eso puede formar parte de la explicación.

Pero explicar una conducta no la convierte automáticamente en aceptable.

Podemos entender por qué alguien gritó y seguir pensando que no debería haberlo hecho.

Una emoción puede ser comprensible y una interpretación puede estar equivocada. Y una reacción puede tener sentido dentro de una historia sin que eso elimine sus consecuencias.

Comprender no es lo mismo que dar la razón.

Tampoco podemos conocer toda la causa mirando desde fuera

Cuando vemos a alguien reaccionar de una manera determinada es tentador encontrar rápidamente una explicación:

  • «Eso es por su infancia».
  • «Es que tiene miedo».
  • «Su cuerpo sabe que algo va mal».

Quizá alguna tenga algo que ver.

Pero desde fuera no podemos saberlo solo por observar una reacción.

Dos personas pueden comportarse de manera parecida por razones completamente distintas. Incluso nosotros podemos no tener muy claro todo lo que ha participado en una respuesta propia.

Un modelo general sirve para entender qué cosas pueden influir. No sirve para mirar a alguien cinco minutos y reconstruirle la vida.

Y cuando una respuesta emocional provoca un sufrimiento importante, se repite de forma intensa o está afectando seriamente a la vida cotidiana, entender estos procesos tampoco sustituye la valoración profesional que pueda hacer falta.

Entonces, ¿de dónde sale una emoción?

Volvamos al mensaje del principio.

«Luego hablamos».

No había una emoción escondida dentro de esas dos palabras esperando a salir.

Había una situación que llegó a una persona concreta, en un momento concreto.

Importó qué podía significar. Importó cómo llegaba esa persona a la situación, lo que había aprendido y lo que podía hacer después.

Y la respuesta podía seguir cambiando con la información nueva.

Quizá unos minutos después llegue otro mensaje:

«Estoy conduciendo. Te llamo cuando llegue».

Y de pronto aquello que parecía tan importante cambia completamente.

No porque hayamos decidido sentir otra cosa.

Ha cambiado lo que sabemos.

Y con eso puede cambiar también nuestra respuesta.

Quédate con estas tres ideas

  1. Una respuesta emocional no depende solo de lo que ocurre. También importa qué significa esa situación para nosotros, cómo llegamos a ella y qué posibilidades tenemos delante.
  2. La respuesta puede empezar antes de que sepamos explicarla y seguir cambiando cuando aparece información nueva o cuando nosotros mismos actuamos.
  3. Comprender por qué una persona ha reaccionado de determinada manera puede ayudarnos a entenderla mejor. No demuestra que su interpretación sea correcta ni justifica cualquier conducta.

Continuar con:

Si una respuesta sigue construyéndose mientras percibimos, interpretamos y recibimos información, aparece una nueva pregunta.

De todo lo que está disponible, ¿a qué prestamos atención? ¿Cómo influye lo que recordamos? ¿Y qué cambia cuando ya esperamos que ocurra algo determinado?

Ese será el siguiente paso: ¿Por qué lo que atendemos, recordamos y esperamos cambia nuestra experiencia?

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Fernando Picos

Comparto observaciones y aprendizajes sobre tecnología, funcionamiento, proyectos y vida cotidiana para entender mejor, decidir con más criterio y seguir participando en la vida.

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