
Imagínate una conversación cualquiera.
Alguien dice algo que no esperabas.
No hace falta que sea un insulto ni una escena de película. Basta una frase con cierto tono:
—Bueno… si tú lo ves así.
Y ahí pasa algo.
Notas tensión.
Piensas: «¿Se habrá molestado?».
Empiezas a enfadarte tú también.
Te entran ganas de responder.
Y respondes.
Todo puede ocurrir en pocos segundos.
Después lo resumimos de una manera mucho más sencilla:
«Me sentó mal».
Y listo.
Pero dentro de ese «me sentó mal» han ocurrido varias cosas que no son exactamente iguales.
No necesitamos separarlas cada vez que hablamos con alguien. Bastante tenemos ya.
Pero cuando una situación nos afecta más de la cuenta, o no terminamos de entender qué nos ha pasado, distinguir unas cosas de otras puede ayudarnos bastante.
Una cosa es lo que ocurre y otra lo que pensamos que ocurre
Volvamos a la conversación.
La otra persona ha dicho:
—Bueno… si tú lo ves así.
Eso ocurrió. Lo dijo.
Ahora aparece una pregunta:
«¿Estará enfadado conmigo?».
Eso ya es otra cosa.
Puede que sí.
También puede estar cansado, distraído o tener una manera de hablar que no ayuda precisamente a ganar concursos de simpatía.
No da igual lo que pensemos. Esa interpretación puede influir muchísimo en lo que hagamos después.
Pero seguimos sin saber si hemos acertado.
Cambiemos de situación.
Mandas un mensaje importante.
Pasan dos horas y no hay respuesta.
Y casi sin darte cuenta empiezas a pensar:
«¿Le habrá sentado mal?».
Repasas lo que escribiste. Buscas alguna frase que pudiera haberse entendido mal. Vuelves a mirar el teléfono.
Pero ¿por qué no ha respondido?
Eso todavía no lo sabemos.
Quizá nuestra explicación sea correcta.
Quizá no.
Pensar una causa no significa haberla descubierto.

El cuerpo también entra en la conversación
Mientras piensas todo eso, quizá notas algo más.
Un nudo en el estómago.
Tensión en los hombros.
El corazón algo más rápido.
Y damos otro salto con bastante facilidad:
«Si noto esto, será porque estoy nervioso».
Puede ser.
Pero el cuerpo no viene con subtítulos.
El corazón también puede acelerarse porque acabamos de subir unas escaleras. Podemos tener los hombros tensos después de horas delante del ordenador.
Lo que notamos es real.
Lo que significa ya necesita algo más.
Muchas veces damos por válida esa interpretación demasiado rápido:
«Noto esto, así que tiene que ser aquello».
A veces acertaremos.
Otras veces no.
El cuerpo puede darnos pistas, pero no nos entrega automáticamente la explicación.
Entonces, ¿qué es una emoción?
Aquí podríamos complicarnos bastante.
No nos hace falta.
Ni siquiera existe una única manera aceptada de definir una emoción. Hay distintos modelos para explicar qué ocurre cuando sentimos miedo, enfado, alegría o tristeza.
Para lo que necesitamos ahora basta con entender algo más sencillo.
Cuando sentimos una emoción pueden cambiar varias cosas a la vez: lo que pensamos, lo que ocurre en el cuerpo y las ganas que tenemos de hacer algo.
Por eso podemos estar enfadados y no gritar.
Podemos tener miedo y seguir adelante.
Podemos sentir tristeza y, aun así, sonreír durante una conversación.
Lo que sentimos puede influir en lo que hacemos, pero sentir algo y hacerlo siguen siendo cosas diferentes.

Tener ganas de hacerlo tampoco significa hacerlo
Estás discutiendo con alguien.
Y se te ocurre la respuesta perfecta.
Perfecta en ese momento, claro. Cinco minutos después quizá ya no lo parece tanto.
Te apetece decirla.
Pero puedes decirla o no.
Esa opción existe.
A veces nos cuesta muchísimo frenar una respuesta. Otras veces decidimos casi sin esfuerzo que es mejor dejarla pasar.
En cualquier caso, tener un impulso y llevarlo a la práctica no es exactamente lo mismo.
Puedes tener ganas de marcharte y quedarte.
Puedes querer contestar y decidir no hacerlo.
Puedes pensar en llamar a alguien y dejar el teléfono donde está.
Un impulso puede ser muy fuerte y condicionarnos bastante.
Pero no convierte automáticamente una posibilidad en una acción.
Esto tampoco significa que siempre podamos elegir con facilidad. Más adelante tendremos que ver precisamente por qué saber qué nos convendría hacer no garantiza que terminemos haciéndolo.
Aquí nos basta con algo más básico: lo que nos apetece hacer y lo que finalmente hacemos son dos partes distintas de la situación.
Lo que vemos desde fuera nos cuenta solo una parte
Imagina a dos personas sentadas en una mesa.
Las dos están calladas.
Una tiene miedo de decir lo que piensa.
La otra simplemente ha decidido que no merece la pena seguir discutiendo.
Desde fuera vemos lo mismo:
silencio.
Pero por dentro pueden estar ocurriendo cosas completamente diferentes.
Y aun así interpretamos las conductas de los demás continuamente.
«No ha contestado porque le ha molestado».
«Está sonriendo, así que estará bien».
Puede que acertemos.
Pero lo que alguien hace no nos cuenta automáticamente todo lo que piensa o siente.
Y esto también vale para nosotros.
A veces explicamos nuestras propias decisiones con mucha seguridad:
«Lo hice por esto».
Puede ser.
Pero no siempre conocemos tan bien como creemos todo lo que ha influido en una reacción.

Y cuando decimos «reaccioné», ¿qué queremos decir?
Pues depende.
Podemos decir que reaccionamos cuando nos sobresaltamos por un ruido, cuando nos quedamos callados o cuando contestamos demasiado deprisa.
O puede ocurrir todo junto.
«Reaccioné» es una palabra útil precisamente porque nos sirve para muchas situaciones diferentes.
El problema aparece cuando queremos entender una reacción concreta y la palabra se nos queda demasiado grande.
«Reaccioné fatal».
Vale.
Pero ¿qué ocurrió realmente?
Quizá notaste tensión, pensaste que te estaban atacando y terminaste contestando de una manera que después no te gustó.
Separarlo no cambia lo sucedido.
Pero ayuda a verlo mejor.
No se trata de analizarnos cada cinco minutos
Sería bastante absurdo acabar consiguiendo que, a partir de ahora, cada vez que nos enfademos tengamos que abrir una investigación sobre nosotros mismos.
No hace falta.
Podemos seguir diciendo:
«Estoy cabreado».
«Estoy nervioso».
«Hoy tengo un día raro».
Y entendernos perfectamente.
Estas diferencias empiezan a ser útiles cuando algo nos desconcierta o cuando estamos convirtiendo demasiado deprisa una sensación o un pensamiento en una certeza.
No es lo mismo sentir miedo que saber que estamos en peligro.
Tampoco es lo mismo pensar que alguien está enfadado que saber que lo está.
Y tener unas ganas enormes de contestar sigue siendo diferente de no poder evitar hacerlo.
Lo primero puede ser completamente real.
Lo que viene después necesita alguna comprobación más.
Y quizá eso sea lo más útil de distinguir todas estas cosas.
No para darle vueltas a cada emoción.
Sino para poder detenernos alguna vez y decir:
«Esto es lo que estoy sintiendo. Ahora falta saber qué está pasando realmente».
Quédate con estas tres ideas
- Pensar, sentir una emoción, notar algo en el cuerpo, tener un impulso y actuar pueden ocurrir casi al mismo tiempo, pero no son la misma cosa.
- Lo que sentimos y notamos es real como experiencia. La explicación de por qué ocurre no viene incluida automáticamente.
- Distinguir mejor lo que está pasando no sirve para analizarnos continuamente. Sirve para no convertir demasiado deprisa una primera impresión en una certeza.
Continuar con:
Ya podemos distinguir algunas de las cosas que aparecen dentro de una experiencia. La siguiente pregunta es cómo llegan a relacionarse.
¿Qué ocurre entre una situación y aquello que finalmente pensamos, sentimos, notamos y hacemos?
Ese será el siguiente paso: ¿Cómo se forma una respuesta emocional?
Si quieres ampliar
Fernando Picos
Comparto observaciones y aprendizajes sobre tecnología, funcionamiento, proyectos y vida cotidiana para entender mejor, decidir con más criterio y seguir participando en la vida.
