
¿Qué ocurre con la comida después del primer bocado?
Comemos algo, tragamos y, durante unas horas, dejamos de saber qué ha sido de ello.
Podemos notar que estamos llenos, sentir algún movimiento en el abdomen o acordarnos de la comida si aparece cierta pesadez. Pero la mayor parte del proceso ocurre sin que tengamos que ocuparnos de él.
Y menos mal.
Porque desde que damos el primer bocado hasta que aquello que comimos queda preparado para poder ser utilizado, hay bastante trabajo.
La comida tiene que avanzar, mezclarse y transformarse. Y aunque solemos pensar enseguida en el estómago, la digestión empieza antes y continúa bastante después.
Incluso antes de comer ya están pasando cosas
Piensa en llegar a casa con hambre y encontrarte una comida que te gusta.
Todavía no has probado nada y ya puedes empezar a salivar.
No hace falta ni siquiera tener el plato delante. A veces basta con el olor, verlo o saber que está a punto de llegar.
El organismo reconoce señales relacionadas con la comida y empieza a prepararse.
Eso no significa que imaginar una hamburguesa haya puesto en marcha toda la digestión ni que esta preparación decida si algo nos va a sentar bien o mal.
Simplemente muestra algo interesante: el sistema digestivo no espera a que la comida caiga dentro del estómago para empezar a responder.
En la boca ya estamos transformando la comida
El primer trabajo evidente ocurre al masticar.
Los dientes rompen lo que comemos en partes más pequeñas y la lengua ayuda a moverlas y mezclarlas con la saliva.
La saliva hace más fácil formar una masa que podamos tragar, pero además empieza a actuar químicamente sobre algunos componentes.
Así que ya tenemos dos trabajos en marcha:
- romper físicamente el alimento;
- empezar a transformarlo químicamente.
Es bastante lógico.
Resulta mucho más fácil seguir trabajando con algo que ya ha sido triturado que con una pieza entera.

La digestión empieza a prepararse antes del primer bocado.
Después de tragar, la comida no se limita a caer
Una vez tragamos, el contenido entra en el esófago.
Podríamos imaginar que simplemente cae hasta el estómago, pero no funciona así.
Las paredes del aparato digestivo realizan movimientos coordinados que empujan el contenido hacia delante. Esa capacidad para mover y mezclar continúa después durante buena parte del recorrido.
Por eso el aparato digestivo se parece muy poco a una tubería pasiva.
Está trabajando mientras la comida avanza.
El estómago es importante, pero no hace todo el trabajo
Cuando la comida llega al estómago ya viene triturada, mezclada con saliva y bastante diferente de cómo estaba en el plato.
Allí continúa la transformación.
El estómago la mezcla con un medio muy ácido y con distintas sustancias que ayudan a seguir descomponiéndola. Sus paredes se contraen y remueven el contenido mientras lo van entregando poco a poco al siguiente tramo.
No todas las comidas permanecen allí el mismo tiempo.
Una comida grande, una líquida o una con una composición diferente pueden seguir ritmos distintos. Que existan esas diferencias no significa automáticamente que algo vaya mal.
El estómago hace un trabajo importante.
Pero sigue siendo solo una etapa.

El aparato digestivo mezcla y desplaza su contenido mediante movimientos coordinados.
En el intestino la comida deja de parecerse cada vez más a comida
Cuando el contenido pasa al intestino delgado, todavía queda mucho por hacer.
Allí se encuentra con otras sustancias producidas por el organismo que continúan descomponiendo sus componentes.
No necesitamos aprendernos una lista de enzimas para entender lo esencial.
El cuerpo no puede utilizar directamente un garbanzo, una naranja o un trozo de pollo tal como estaban en el plato.
Tiene que desmontarlos.
Lo que empezó siendo comida reconocible termina convertido en componentes mucho más pequeños que el organismo puede manejar.
Y aquí llegamos a una diferencia que merece la pena conservar.
Digerir no es lo mismo que absorber.
Hasta este momento estamos hablando principalmente de preparar: triturar, mezclar y descomponer.
Absorber será otra cosa: conseguir que parte de esos componentes atraviese la pared intestinal y entre realmente en el organismo.
Ese paso viene después.

Digerir es desmontar y preparar; absorber será permitir la entrada.
¿Y qué ocurre con lo que no aprovechamos?
No todo lo que comemos termina incorporándose al cuerpo.
Parte del contenido continúa hasta el intestino grueso.
Allí se recupera agua y las bacterias que viven normalmente en nuestro intestino actúan sobre algunos de los materiales que han llegado hasta esa zona.
Poco a poco, lo que queda va adquiriendo la consistencia que permitirá eliminarlo.
Finalmente sale del organismo junto con otros residuos.
También aquí existe bastante variabilidad.
El ritmo puede cambiar entre personas y también en una misma persona según la comida, el momento o muchas otras circunstancias.
Por eso una digestión más lenta un día, algo de gas o un cambio puntual del tránsito no nos dicen automáticamente cuál ha sido la causa.
Un recorrido que hacemos sin enterarnos demasiado
Podemos volver al primer bocado.
Aquello que estaba en el plato ha sido triturado, mezclado con distintos líquidos, desplazado mediante movimientos del aparato digestivo y transformado progresivamente.
El proceso no ocurrió solamente en el estómago.
Y tampoco terminó cuando la comida dejó de ser reconocible.
Todavía falta un paso decisivo.
Hemos preparado componentes suficientemente pequeños.
Ahora algunos tendrán que cruzar la pared intestinal y entrar realmente en el organismo.
Ahí empieza la siguiente parte de la historia.
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Fernando Picos
Comparto observaciones y aprendizajes sobre tecnología, funcionamiento, proyectos y vida cotidiana para entender mejor, decidir con más criterio y seguir participando en la vida.
