La resignación disfrazada de madurez

7 min de lectura

Dos adultos jóvenes conversando en casa junto a una mesa con una libreta y objetos de trabajo que sugieren posibilidades abiertas

Hace unos días estaba en casa escuchando una conversación entre mi hijo y un amigo suyo. Los dos rondan ya los treinta años. Hablaban de un proyecto, de una idea nueva, de algo que requería dedicarle tiempo, aprender algunas cosas y salir un poco de la rutina habitual.

En un momento de la conversación, uno de ellos soltó una frase con una naturalidad pasmosa:

Yo ya no estoy para esas cosas.

Giré la cabeza, lo miré de reojo y sonreí, no sé si con ironía o sorpresa. Lo cierto es que me hizo gracia, no lo pude evitar. Yo, casi con sesenta, todavía encuentro demasiadas cosas que me apetece aprender o construir, pensé ¿cómo con esa edad piensa así? ¿Qué está fallando?

La conversación siguió, pero aquella frase se quedó flotando en el ambiente. No porque fuera un comentario extraño, sino precisamente por lo contrario: porque cada vez la escucho más.

A veces cambia el envoltorio. Unas veces aparece como “a estas alturas ya no me apetece complicarme”. Otras como “eso ya pasó”. También está la versión clásica: “yo ya estoy mayor para ponerme con esto”. Son frases distintas, pero suelen apuntar hacia el mismo sitio. Y lo curioso es que no siempre salen de personas que peinen canas. Muchas veces vienen de personas que apenas han cruzado la línea de los treinta o los cuarenta años, con más vida por delante de la que quizá se han parado a imaginar.

La lección de Okinawa: vivir frente a esperar

Esa misma semana había visto un documental sobre Okinawa, una isla japonesa que suele aparecer cuando se habla de longevidad. Allí viven muchas personas que alcanzan edades muy avanzadas manteniendo una vida activa. Pero lo que más me llamó la atención no fue el número de años que acumulaban, sino la forma en que los vivían.

No aparecían como personas esperando a que el tiempo pasara. Aparecían cultivando, conversando, participando en su comunidad, aprendiendo cosas, manteniendo rutinas, planes y motivos para levantarse al día siguiente. Allí suelen hablar del ‘ikigai’, que podríamos traducir como propósito de vida, y del ‘moai’, esa red cercana de apoyo social que acompaña durante años.

Personas mayores participando en actividades cotidianas al aire libre como ejemplo de vida activa y comunidad
No se trata de vivir muchos años. Se trata de seguir formando parte de la vida.

Personas mayores participando en actividades cotidianas al aire libre como ejemplo de vida activa y comunidad

Y no había nada espectacular en muchas de aquellas escenas. Precisamente por eso me interesaron. No se trata de hacer algo extraordinario. Se trata de seguir formando parte de la vida.

Al contrastar esas dos escenas, algo deja de encajar. Por un lado, personas de edad avanzada que siguen ocupadas viviendo. Por otro, personas jóvenes hablando como si algunas puertas ya se hubieran cerrado para siempre.

Y no hablo de una cuestión física. No se trata de correr maratones, subir montañas ni obligar al cuerpo a heroicidades que luego acaban con una visita al traumatólogo. Hablo de curiosidad. De interés por el mundo. De ganas de entender cómo funcionan las cosas. De conservar la disposición a aprender algo nuevo sin vivirlo como una amenaza.

Cumplir años cambia cosas. Eso es evidente. Cambia el cuerpo, cambian las prioridades, cambia la forma de mirar ciertos problemas y también cambia la energía disponible para según qué tonterías. Y menos mal. Porque si uno llega a los sesenta con las mismas urgencias de los veinte, igual el problema no es la edad, sino otra cosa.

Madurez frente a resignación

Pero una cosa es madurar y otra muy distinta es rendirse con buena educación.

La madurez te ayuda a elegir mejor. Te permite separar lo importante de lo accesorio. Te da perspectiva, paciencia y cierta capacidad para no salir corriendo detrás de cada cosa brillante que aparece por ahí. La resignación, en cambio, hace algo bastante más peligroso: te convence de que ya no merece la pena intentarlo.

Y lo hace de una forma muy discreta. Rara vez llega diciendo: “Hola, soy la resignación, vengo a apagar un poco tu vida”. No. Suele aparecer vestida de sentido común, de prudencia, de experiencia o incluso de realismo. Por eso cuesta detectarla. Porque muchas veces suena razonable:

  • “Ya no toca.”
  • “Eso es para otros.”
  • “Yo ya hice mi parte.”
  • “A estas alturas…”

Puede que a veces sea verdad. No todo merece ser intentado. No todo proyecto merece tiempo. No toda oportunidad lo es realmente. La madurez también consiste en saber decir que no. El problema aparece cuando el “no” deja de ser una decisión y se convierte en una postura permanente ante cualquier cosa nueva.

La inercia y la retirada silenciosa

He conocido personas con setenta años que siguen aprendiendo, probando, preguntando, haciendo “cosas” como si no hubiera un mañana. Y también he conocido personas mucho más jóvenes que llevan años repitiendo el mismo año. Cambian las fechas del calendario, pero no cambia nada más. Ahí es donde la edad deja de ser una explicación suficiente.

Porque hay cansancios que vienen del cuerpo, claro. Hay etapas difíciles, problemas reales, responsabilidades, trabajos que desgastan y circunstancias que pesan. No se trata de negar eso. Sería absurdo. Pero también hay un cansancio que nace de la inercia. De repetir siempre lo mismo. De dejar de hacerse preguntas. De no exponerse nunca a nada que pueda incomodar un poco.

Y, curiosamente, muchas veces ese cansancio se interpreta como edad.

Persona sentada junto a una ventana en una habitación tranquila con objetos cerrados que sugieren rutina e inercia
A veces no es edad. A veces es inercia repetida durante demasiado tiempo.

Persona sentada junto a una ventana en una habitación tranquila con objetos cerrados que sugieren rutina e inercia

Quizá no estoy cansado porque soy mayor. Quizá estoy cansado porque llevo demasiado tiempo funcionando igual. Quizá no me falta capacidad. Quizá me falta una razón. Quizá no necesito más motivación, sino volver a encontrar algo que me interese de verdad.

El motor de la curiosidad

No estoy diciendo que todo el mundo tenga que emprender un negocio, estudiar programación, aprender inteligencia artificial o reinventarse cada seis meses. Bastante ruido tenemos ya como para convertir la vida en una feria permanente de obligaciones modernas. La herramienta o el vehículo es lo de menos. Unos encontrarán curiosidad en la tecnología. Otros en la música, en la cocina, en una huerta, en un proyecto pequeño, en una conversación, en una ruta en moto o en aprender a cuidar mejor su cuerpo.

La cuestión no es qué haces. La cuestión es si todavía hay algo que te apetece descubrir.

Porque la retirada de uno mismo rara vez ocurre de golpe. No te despiertas un martes habiendo perdido toda la curiosidad. Suele pasar poco a poco, con pequeñas renuncias que parecen inofensivas. Un día dejas de probar algo. Otro día dejas de preguntar. Otro día decides que eso ya no va contigo. Otro día prefieres no complicarte. Y sin darte cuenta, vas reduciendo el tamaño de tu mundo.

Hasta que un día, teniendo todavía media vida por delante, dices con total tranquilidad:

Yo ya no estoy para esas cosas.

Y quizá sea verdad. O quizá no. Quizá simplemente has aceptado como madurez algo que en realidad era comodidad. O miedo. O cansancio acumulado. O costumbre. Cada caso tendrá su explicación, claro. La vida no cabe en una frase bonita, por suerte.

Pero sí creo que merece la pena vigilar ese momento en el que empezamos a cerrar puertas sin necesidad. No por obligación de abrirlas todas, sino para no confundir criterio con retirada. Para no llamar experiencia a lo que quizá solo es falta de ganas. Para no disfrazar de madurez una resignación que llegó despacio y se quedó demasiado cómoda.

Al final, la diferencia entre seguir activo y dejarse llevar no siempre está en la fecha de nacimiento. Muchas veces está en conservar algo que te apetezca aprender, construir, entender o disfrutar.

Mientras sigamos aquí, la partida sigue abierta.

Queda mucho por hacer.

O no.

Cada uno decide.

Fernando Picos

Comparto observaciones y aprendizajes sobre tecnología, funcionamiento, proyectos y vida cotidiana para entender mejor, decidir con más criterio y seguir participando en la vida.

Contenido del artículo

Comparte este artículo, elige la plataforma

Otras observaciones que podrían interesarte

  • Plantilla transparente colocada sobre piezas repetidas junto a una regla y una herramienta de corte, representando la idea de crear un molde antes de repetir una tarea.

    4,8 min de lectura

    Antes de correr, fabrica el molde

    La IA no es magia. A veces solo es el molde que necesitabas para no repetir siempre lo mismo desde cero. Hay trabajos que parecen [...]

  • Libreta con una idea anotada junto a una mesa de trabajo real, representando la diferencia entre imaginar un proyecto y construirlo.

    4,1 min de lectura

    Tener ideas no es construir

    Hay una frase que aparece mucho en reuniones, cafés, conversaciones de trabajo y arranques de proyectos.“Se me ha ocurrido una idea buenísima”.Y cuidado, porque a [...]

  • Hombre maduro con camiseta casual gris de espaldas en un piso urbano contemporáneo, observando en su pantalla un menú de cursos con títulos en español sobre estrategia y criterio.

    5,2 min de lectura

    El problema no es formarse,
    es no tener criterio para filtrar

    Hay personas que no se forman para pensar mejor; se forman para tener una frase nueva que repetir, una plantilla que aplicar o una autoridad [...]